dilluns, 20 de setembre del 2010

URBANISMO Y PRECUPACIONES HIGIENISTAS EN LA ESPAÑA DE FINES DEL SIGLO XVIII


La Real Instrucción de 26 de abril de 1784[1] enumeraba, entre las muchas y variadas competencias de los corregidores y alcaldes mayores, unas de clara significación urbanística e higienista. Se hacía referencia explícita a la limpieza, ornato, empedrado y ensanche de calles, la reconstrucción de edificios ruinosos, y la creación de paseos públicos arbolados que sirvieran para "recreo y esparcimiento de las gentes", además de procurar erigir, cuando fuera necesario, edificios públicos, cuyo proyecto debía ser visado previamente por la Real Academia de San Fernando[2].
            Esta preocupación por la fisonomía de los núcleos urbanos se complementaba con la voluntad de mejorar la calidad de vida de sus vecinos prestando atención al suministro de agua o alumbrado, y creando redes de alcantarillado y lo que se denominan "centros cívicos", como plazas y paseos.
             El fomento de la higiene entre la población mediante una serie de normas sanitarias que garantizaran la salubridad, era cuestión considerada prioritaria en la labor de corregidores y alcaldes mayores respondiendo, por una parte, a una tradición antigua y, también, a las preocupaciones higienistas de la segunda mitad del Setecientos[3]. Ya Castillo de Bovadilla en su Política de Corregidores había considerado imprescindible exigir de todos los moradores, sin excepción estamental alguna, la limpieza de los portales de sus viviendas, y en 1781 fue traducida al castellano por el matemático catalán Benito Bails el libro del médico portugués, afincado en Francia, Antonio Ribeiro Sanches, Tratado de la conservación de la salud de los pueblos, cuya pretensión era concienciar a las autoridades sobre la utilidad de la higiene y de las medidas preventivas, ya que sin su decidida intervención en asuntos de salubridad no sería posible lograr el deseable incremento demográfico[4].
            En los informes, o "relación jurada",  que los corregidores y alcaldes mayores debían redactar al finalizar su sexenio, según el artículo sexto del decreto de 29 de marzo de 1783, y en los que debían resumir su gestión y apuntar aquellas "que fueren necesarias o convenientes, según su mayor necesidad o utilidad" para conocimiento de su sustituto, hay una mención frecuente al problema que supone el empedrado de calles y plazas, considerado uno de los puntos prioritarios para el saneamiento de las poblaciones, y a su limpieza. En multitud de ocasiones, los informes proponen "la limpieza de la ciudad a beneficio de la salud pública y de su buen aspecto"[5], en consonancia con la preocupación de reprimir el lanzamiento de aguas a la calle[6], no permitir en la población actividades que ocasionaran malos olores o putrefacción, como tenerías, lavado de lanas o maceración de fibras textiles[7], y desterrar corrales a la periferia.
            El corregidor de Palencia, Pedro Agustín de Mendieta, por ejemplo, recomendaba el empleo de, a lo menos, dos hombres, para la limpieza de las calles y sacar las inmundicias al campo, ya que afirmaba que los únicos basureros que poseía la ciudad eran las esquinas de calles poco transitadas y donde era "necesario esperar que los hortelanos acudan a recogerlas para abono de sus hortalizas"[8]. La referencia del aprovechamiento como abono de los desperdicios y basuras de la ciudad por labradores próximos, se encuentra también en Valencia, donde los huertanos recogían la basura urbana para sus campos, tal y como lo describió Jean François Bourgoing en 1789, para quien "si las calles [de Valencia] no están pavimentadas es porque sus detritus, mezclados con las inmundicias que las cubren solamente por unos instantes, se transportan fuera de sus muros para fertilizar sus campos adyacentes"[9].
            Los conocimientos científicos del momento atribuían a la movilidad del aire y las aguas unas cualidades particularmente benéficas. Es por ello que las calles debían ser anchas, rectas y bien empedradas para evitar en lo posible las permanentes exhalaciones de la tierra y facilitar el correr de las aguas y su limpieza. Se debían evitar, pues, a toda costa las aguas estancadas por suponer focos infecciosos, y debía procurarse la reconversión de aquellos lugares destinados a albergar un gran número de personas, como iglesias, hospitales, hospicios, cuarteles y cárceles que por defectos de construcción o por razones de seguridad, contaban con escasos vanos y una muy defectuosa ventilación.
            Por regla general, los informes corregimentales que efectuan referencias a la salud del vecindario parten de una crítica al entorno próximo al casco urbano, frecuentemente "tierras de naturaleza cenagosa, acharcadas y húmedas"[10], pero también hay frecuentes referencias a las malas condiciones de habitabilidad de edificios públicos, poco espaciosos, mal ventilados y junto a calles mal empedradas que solían ser almacén de los residuos de las casas circundantes.
            Las primeras, que podemos calificar de áreas insalubres naturales, tenían un remedio extraordinariamente costoso, y casi siempre inalcanzable para las disponibilidades económicas del corregimiento, pues la desecación por medio de un avenamiento general mediante cavas y minas era la única fórmula eficaz[11]. El coste final dependía no sólo de la superficie a desecar, sino de otros factores muy variados, como su accesibilidad, la dureza del subsuelo, su permeabilidad, que podían incrementar muy sustancialmente el tiempo y el dinero a invertir en las obras de rehabilitación.
            Por lo que se refiere a las áreas intraurbanas insalubres los informes destacaban el deterioro del callejero, sólo parcialmente empedrado en el mejor de los casos, los depósitos de aguas muertas, los barrizales, y las basuras acumuladas. Pero también se insistía en las pésimas condiciones de vida en el interior de los lugares públicos, muy en particular los hospitales. El hospital era un generador de enfermedades, una "fétida máquina de infectar"[12]. Para el alcalde mayor de Xátiva-San Felipe, el abogado valenciano Antonio Alcaide[13], su hospital de pobres enfermos, "aunque es edificio muy capaz", padecía el problema de su ubicación, en el centro de la ciudad, lo que representaba un gravísimo riesgo de contagio para la población por los malos olores que propagaba, sobre todo en época estival: "...en los días de calor se observa en todo su recinto y vecindario el fastidioso olor que causan los enfermos, siendo aún más pernicioso el hedor que sale de los sepulcros"[14]. Según el alcalde mayor la única solución era trasladar el hospital extramuros de la ciudad, preferentemente en una zona ajena al flujo de vientos dominante.
            Similar es el caso de Marbella, cuyo corregidor Fernando Zeniso solicitaba "a la autoridad soberana" el pronto reacondicionamiento del hospital de Bazán, el único en el territorio del corregimiento, porque "los enfermos no tiene allí la debida curación y sus dotaciones y rentas están en el último estado de infelicidad, arruinado en sus fábricas materiales, perdidas sus rentas y los pobres enfermos despojados de su patrimonio"[15].
            Dados los limitados recursos con que contaban los corregidores, la mayor parte de sus actuaciones se centraron en intentar mejorar el urbanismo de las poblaciones. Con el fin de eliminar los residuos urbanos son varios los corregidores que insistieron en la necesidad de construir alcantarillas, pero las realizaciones fueron escasas. El corregidor de Logroño afirmaba en 1798 que "se ha resuelto ahora fabricar alcantarillas madres para recibir las aguas inmundas de todas aquellas casas, dándoles un curso hasta caer en el río Ebro, con cuya providencia se asegurará la limpieza y quitará la asquerosidad que causa tener a la vista lo más sucio que viene de todas las casas en daño de la salud pública"[16], y en términos muy similares se expresaba el corregidor de Ciudad Real, quien decía haber construido una mina para desagüar la ciudad en dirección al Guadiana. Pero lo habitual es encontrar proyectos bien intencionados para la instalación de letrinas en las casas, como el corregidor de Salamanca, el oriolano D. Pascual Ruiz de Villafranca[17], quien en 1783 pretendía que en cada casa hubiera una poza para las inmundicias, ya que "no habiéndose establecido cloacas, vertederos o basureros, y que las aguas de inmundicias caen y vierten en las calles, echan a perder los empedrados y no pueden tener la duración correspondiente"[18], a la manera del Traité de la Police del comisario Nicolás Delamare, quien ya en 1713 incluía en su texto varios decretos para obligar a los vecinos de París a hacer letrinas, prohibiéndoles echar por las ventanas inmundicias y aguas fecales. Basándose en Delamare, Antonio de Ulloa, que fue comisionado a Francia, propuso la construcción en las casas de Madrid de pozos sépticos para aguas mayores y desperdicios domésticos, lo que probablemente conocía el corregidor salmantino[19], y que en líneas generales pretendía continuar lo proyectado por Teodoro Ardemans y José Alonso de Arce, primeros en plantearse un plan de saneamiento para Madrid en el reinado de Felipe V[20].
            El suministro de agua suponía fomentar la construcción de nuevas cañerías que sustituyeran a las antiguas, muchas de ellas descubiertas con el consiguiente riesgo de contaminación al entrar en contacto con "putrefacciones de estiércoles, orines y revolcaderos de animales", como señalaba el alcalde mayor de Marbella. El mantenimiento de las cañerías en buen estado era fundamental, por lo que además de cuidar de su limpieza las conducciones comenzaron a ser de barro cocido o, incluso, de plomo. En relación con el suministro de aguas, es habitual que los corregidores mencionaran la construcción de nuevas fuentes públicas, algunas con el propósito complementario de embellecer el espacio urbano, como la de Olmedo, en cuya reconstrucción el corregidor destacaba "su frontispicio bastante elevado con columnas labradas, sus varas, remates y cabezas de león", y que expedía el agua por "dos cañones de bronce"[21].
            En su deseo de embellecer las ciudades, los corregidores hacían mención frecuente a su propósito de lograr la armonía arquitectónica del conjunto. Pedro Agustín de Mendieta, corregidor de Palencia, deseaba dar solución a lo que consideraba Plaza Mayor deforme, "sin correspondencia mutua entre los cuatro lienzos o manzanas de que se compone", mediante la construcciòn de un lienzo entero de casas "para igualar la plaza en lo posible"[22], y el abogado antequerano Miguel Fernández de Zafra[23] se propuso, durante su sexenio como corregidor de Alcira, construir un porche en la plaza de la villa decorado con "un lienzo de Nuestra Sra. de la Soledad y otro del Arcángel San Miguel" para que pudiera celebrarse mercado en los días lluviosos[24].
            Son frecuentes las recomendaciones de los corregidores para reparar casas, blanquearlas, o construir otras de nueva planta que posibilitaran  -- como en el caso de Olmedo -- "sacar de las cuevas subterráneas a muchos vecinos que moran en ellas"[25].
            Pero un elemento esencial del ornato urbano lo constituyen los paseos y alamedas, si bien su conservación era en ocasiones tan problemática como su construcción, pues era necesario contratar guardas que evitasen que los árboles fueran arrancados, al menos durante un período de dos o tres años "hasta que la gente se acostumbre" y poder lograr así la "igualdad, orden y delineación" que lo árboles requieren "para la frondosidad, vista y recreo de las gentes"[26].
            Tanto el los paseos como en las plazas y calles principales se fomentó la instalación de alumbrado para evitar posibles delitos cometidos al amparo de la oscuridad, y que en el caso de Logroño quiso realizarse "con faroles de cristales como los de Madrid"[27], cuyo sistema de alumbrado había sido inagurado el 15 de octubre de 1765[28], y servía de modelo a seguir, como en tantas otras cosas, el procesos de urbanización impulsados por la Monarquía[29]. En mayo de 1803 el ayuntamiento de Olot, en el corregimiento de Vich, solicitó alumbrar la población en los meses invernales con faroles distribuidos por las calles y plazas a ejemplo de Barcelona. Se justificaba la petición en el carácter fabril de la villa, ya que "en que el citado pueblo abunda en fábricas y casas de comercio de diversas labores en donde se reunen, aunque en piezas separadas, una multitud de muchachos y muchachas para sus respectivos trabajos, que a las horas señaladas salen a sus casas para comer y dormir, que con este motivo y especialmente en invierno por las noches, con la obscuridad de ellas, mayormente en tiempo de lluvia, que son muy frecuentes en aquel País, les resulta a unos y a otros la incomodidad que se deja conocer"[30], y para financiar la inversión inicial y gastos de mantenimiento, calculado en 14.000 rls. anuales, se solicitó imponer un arbitrio de 3 dineros por cada libra de carne que se vendiera en las carnicerías públicas, que fue finalmente aprobado por el Consejo de Castilla. En algunos lugares, como en Cuenca, miembros del Cabildo eclesiástico se negaron a apoyar la implantación del alumbrado por el corregidor, al igual que sucedió en Vich y Manresa[31]
            Como parte integrante del entorno urbanístico, el corregidor debía ocuparse de la reparación o ampliación de todo tipo de edificios públicos, así como de construir otros nuevos. Es habitual encontrar referencias a la construcción de escuelas públicas que, en muchas ocasiones, venían a sustituir la enseñanza impartida en casas particulares, o a la habilitación de una parte de un edificio, por lo general las Casas Consistoriales, para tal finalidad[32]. Del mismo modo, el corregidor se encargaba en muchas ocasiones de reparar la fachada o el interior de las iglesias, construir hospicios para el recogimiento de mendigos o mejorar las condiciones de seguridad y habitabilidad de las cárceles, en condiciones lamentables la mayoría de las veces[33]. Un corregidor sensible como Victoriano Villaba, hijo y hermano de magistrados de la Audiencia aragonesa, traductor de Genovesi y socio la Económica de Amigos del País de Zaragoza, escribía a propósito de los encarlados en lugares inmundos: "me estremezco, me horrorizo, y se me erizan los cabellos al considerar la triste situación de tan miserables criaturas"[34], o eel no menos bienintencionado Juan Eloy de Yorba, para quien una cárcel debía ser "templo consagrado a la diosa de la piedad"[35].
            La construcción de cementerios en las afueras de los núcleos urbanos fue un punto central y controvertido en la política higienista de finales del Setecientos. El 3 de abril de 1787 Carlos III hizo pública una Real Cédula[36] que prohibía el enterramiento en las iglesias y ordenaba la construcción de cementerios fuera de las poblaciones y en lugares ventilados, a costa de la fábrica de las Iglesias o, si no era suficiente, con fondos públicos y utilizando terrenos concejiles[37]. Las connotaciones religiosas que implicaba la medida eran de fuerte calado, pues se trataba de un cambio profundo en las actitudes ante la muerte. Es por ello que las realizaciones prácticas fueran escasas y casi siempre conflictivas. En 1808, esta cuestión provocó un serio conflicto entre el corregidor de Morella, el coronel Ramón Betés, y el párroco de la villa que pretendía proseguir con las inhumaciones en la iglesia parroquial[38], al igual que muchas comunidades religiosas que deseaban continuar con el enterramiento en los conventos, como los Jerónimos de Córdoba, que siguieron inhumando cadáveres bajo el altar mayor de su iglesia, pese a las órdenes en contrario del corregidor Agustín Guajardo, o las Clarisas de San Juan de la Penintencia de Orihuela que deseaban que sus restos permanecieran en clausura[39].  En los informes corregimentales no es rara la referencia al rechazo generalizado a variar ancestrales costumbres funerarias y ser enterrados en cementerios ubicados en descampado, donde se creía que el valor de los sufragios por las almas de los difuntos sería muy inferior en eficacia a los que recibían los inhumados infra ecclesiam. En febrero de 1803 las autoridades de Tortosa manifestaban que no se había construido un camposanto en la ciudad "por el grande horror que habían mostrado en todos tiempos los vecinos de aquella ciudad de enterrarse en cementerios", lo que motivaba que la catedral tuviera un hedor insoportable, pese a la utilización masiva de cal viva en las fosas, vinagre, incienso, perfumes, y toda clase de sahumerios. Se afirmaba que "está tan infectada de vapores corrompidos y exhalaciones pútridas que muchas veces tenían que salirse los residentes del coro y de los oficios divinos". La única posibilidad que se atisbaba era construir un cementerio provisional lo más próximo a la ciudad: "que estos vecinos, acostumbrados de muchos siglos a enterrar a los difuntos en las Iglesias, con mucho trabajo y persuasión apenas podrían desprenderse del horror haciéndose un Campo Santo adornado e inmediato a la ciudad"[40].
            Ante los escasos avances en la construcción de cementerios, el Consejo de Castilla hizo públicas el 28 de junio de 1804 unas "Reglas ordenadas por el Consejo para que se verifique la construcción de cementerios", en las que atribuía a los corregidores un papel determinante. Ya en la regla 1ª se indicaba que "los corregidores, de acuerdo con los obispos, promoverán la construcción de cementerios, dando prioridad a las capitales, pueblos donde hubiera habido epidemia o que estén más expuestos a ellas, y parroquias en que se reconozca que es urgente por el alto número de parroquianos y corto recinto de la iglesia"[41], que venía a reiterar el punto II de la Real Cédula de 3 de abril de 1787, donde se ordenaba que los corregidores debían actuar en sintonía con los prelados para ejecutar la Cédula Real: "comenzando por los lugares en que haya o hubiere habido epidemias, o estuvieren más expuestos a ellas, siguiendo por los más populosos, y por las parroquias de mayores feligresías en que sean más frecuentes los entierros, y continuando después por los demás". El corregidor de Palma de Mallorca, de acuerdo con el obispo, había finalizado en 1806 el expediente de 40 cementerios a construir en la Isla, con un coste de 877.025 rls. y bajo la dirección del arquitecto Francisco Cocchion, tras evaluar las poblaciones que, por sus características de exposición a enfermedades epidémicas, necesitaban de camposanto[42], entre ellas la capital. 
            La reiterada referencia a la epidemia como factor más importante que justificase la prohibición de inhumar en los templos responde al convencimiento, ya muy arraigado a fines del Setecientos, de que los brotes epidémicos se debían a una deficiente higiene pública. En los informes de los corregidores se ponía de manifiesto una y otra vez esta relación. Era el paludismo, bajo la denominación de fiebres tercianas, la enfermedad que con mayor frecuencia aparece en los informes y siempre asociada a carencias higiénicas y a las aguas estancadas. No era, pues, fácil su erradicación pues se precisaban obras de ingeniería de gran fuste, y el único remedio paliativo era recurrir a la quina o al agua de nieve, a la que se le otorgaban facultades curativas y potabilizadoras, especialmente si se mezclaba con aguas no aptas para el consumo[43]. El Alcalde Mayor de Tomelloso recurrió en 1784 a levantar un pozo de nieve en las inmediaciones de la población con consejo del médico titular de la villa para combatir "las ardientes fiebres que experimentan en el estío", y el de Alicante, Luis Gorrón de Contreras, afirmaba que el mal gusto de las aguas semipotables de las fuentes públicas de la ciudad, "sólo lo pierden con la nieve"[44].
            De los informes de los responsables de la administración territorial española a fines del Setecientos se puede concluir que las preocupaciones y actuaciones urbanísticas e higienistas se dirigieron a mantener el callejero en buenas condiciones y lograr que las aguas discurriesen fluidamente, como lo indicaba en 1784 el alcalde mayor de Tárrega, el gerundense Mariano Berga y Felip[45], cuando decía necesitar albañares para el desagüe de las aguas inmundas que se echaban a la calle porque las casas no tenían pozos ni patios interiores, con lo que estaban sucias y "llenas de fetor", lo que dañaba la salud del vecindario; o el corregidor de Ciudad Real, quejoso de que sus dificultades para mantener limpio el cauce del Guadiana por su "crecidísimo gasto" produjese el estancamiento de aguas y desencadenara con frecuencia procesos epidémicos[46].
            El peligro invisible atribuido a los malos olores y a los miamas en general era, a fines del Setecientos, una preocupación generalizada entre los responsables de la gobernabilidad territorial, deseosos de emular lo que Ponz denominó, en exaltación de Carlos III en su hercúlea labor de erradicar de Madrid la suciedad urbana, "purgar los establos de Augias"[47]. Las reflexiones de aquellos hombres a las posibles o hipotéticas respuestas que cabía dar a las necesidades de policía urbana, son un muestrario del pragmatismo del momento que trascendía a los objetivos puramente urbanísticos e higienistas para simbolizar unos anhelos reformistas y modernizadores que chocaban con la mentalidad tradicional, todavía sólidamente afirmada, y que bebían, en muchos casos, en las aguas del pensamiento ilustrado. Para el abogado catalán Ramón García, aspirante a ingresar en 1786 en la carrera de varas, "entre las felicidades temporales ninguna es de mayor estimación que la salud, como que sin ella las demás son de poco o ningún aprecio. Todos estamos obligados por Derecho Natural y Divino a conservar este bien, procurando remover e impedir los accidentes y contratiempos que pueden destruirlo o alterarlo. Es un objeto que merece la atención del Estado, de la Religión, y de cada particular..."[48].


    [1] A.G.S. Gracia y Justicia Leg. 826, Instrucción de lo que deben observar los Corregidores y Alcaldes Mayores del Reino, 26 de abril de 1784.
    [2] En el caso valenciano, el seguimiento del proyecto correspondería a la Real Academia de San Carlos. Por Rl. Orden de 23 de julio de 1789 se insistía en que "por lo que interesa al ornato público, el buen gusto y fomento de las Artes, no se podrá mirar con indiferencia la menor trasgresión en este punto, y se tomará la debida providencia contra los contraventores". Cfr. Nov. Recop. Lib. VII, Tit. XXXIV, Leyes III a VII.
    [3] Véase a nivel muy general el libro de Alain CORBIN: El perfume o el miasma. El olfato y lo imaginario social. Siglos XVIII y XIX, México 1987, y como ejemplos de trabajos sobre España, los de Antonio T. REGUERA RODRIGUEZ: Territorio ordenado, territorio dominado. Espacios, políticas y conflictos en la España de la Ilustración, León 1993, en especial la parte segunda titulada "Infraestructura hidráulica, promoción inmobiliaria e higiene pública", y el artículo de María del Carmen IRLES VICENTE: "Higiene y salud públia en la Cataluña de finales del Setecientos", en Los vivos y los muertos, Revista de Historia Moderna 17 (1998-99), pp. 147-165.
    [4] Sobre el libro de Ribeiro Sanches, vid. Enrique GIMENEZ LOPEZ: "La exhalación de la muerte. La aportación del matemático Benito Bails a la polémica sobre los cementerios en el siglo XVIII", en Los vivos y los muertos, Revista de Historia Moderna 17 (1998-99), pp. 113-146. Un estudio completo sobre Ribeiro, en David WILLEMSE: António Nunes Ribeiro Sanches - élève de Boerhaave - et son importance pour la Russie, Leiden 1966.
    [5] A.G.S. Gracia y Juticia Leg. 824 Relación jurada del Alcalde maor de Tarifa D. Arcadio Fernández Tello Tarifa, 27 de enero de 1799.
    [6] Madrid, por su condición de capital, fue pionera en conocer este tipo de preocupaciones higienistas. Vid. Antonio DOMINGUEZ ORTIZ: "Una visión crítica del Madrid del siglo XVIII", en Hechos y figuras del siglo XVIII español, Madrid 1980, pp. 89-119, y Matilde VERDÚ RUIZ: "Limpieza y empedrado en el Madrid anterior a Carlos III", en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, XXIV (1987), pp. 417-443.
    [7] Para el botánico Cavanilles, de las balsas donde se macera el lino en la población castellonense de Ludiente "nacen las epidemias que perjudican al vecindario, sin lograr el aumento que debía tener a proporción de sus frutos", en A.J. CAVANILLES: Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, Población y Frutos del Reyno de Valencia, Valencia 1795-97, Edición de J.M. Casas Torres, Zaragoza 1958, vol. I, p. 135.
    [8] A.G.S. Gracia y Juticia Leg. 824 Relación jurada del corregidor de Palencia D. Pedro Agustín de Mendieta, Palencia 25 de octubre de 1783.
    [9] Citado por F. BRAUDEL: El mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, México 1976, p. 108. También hace referencia a la utilización de este "contrato estercolar" José Miguel PALOP: Hambre y lucha antifeudal. Las crisis de subsistencia en Valencia (siglo XVIII), Madrid 1977, p. 18.
    [10] A.G.S. Secretaria y Superintendencia de Hacienda, Leg. 18.015 Informe del alcalde mayor de Sueca, S. Atanasio Roa Villaseñor Sueca, 16 de mayo de 1794.
    [11] Como ejemplo, la desecación de la laguna del Almarjal, en Cartagena por el ingeniero Mateo Wodopich  partir de 1786 y con un costo de 2.327.000 rls., en J.F. SÁNCHEZ CANILLAS, J.M. GARCÍA DE HARO y M. MARTÍNEZ MARTÍNEZ: "Despotismo Ilustrado y obras públicas: proyectos de desecación de la laguna del Almarjal, en Cartagena, durante la segunda mitad del siglo XVIII", en Cuadernos del Estero, 11-12 (1996-1997), pp. 39-48.
    [12] Alain CORBIN: Op. cit. pp. 62-64.
    [13] Nacido en Valecia hacia 1730, Alcaide se había iniciado en la carrera de varas en 1762 como alcalde mayor de Berga, pasando por las alcaldías de Calatayud y Teruel antes de recalar en la de San Felipe. Su carrera porseguiría en 1783 como alcalde mayor de Mataró y como corregidor de La Coruña desde 1791. El obispo de Barcelona, en un informe reservado, lo consideraba "celoso y activo en materias públicas", en A.G.S. Gracia y Justicia, leg. 822, Gabino, Obispo de Barcelona, a Floridablanca, Barcelona 17 de marzo de 1787.
    [14] A.G.S. Gracia y Justicia Leg. 825 Relación jurada del Alcalde Mayor de San Felipe D. Antonio Alcaide San Felipe, 15 de diciembre de 1783.
    [15] A.G.S. Gracia y Justicia Leg. 824 Relación jurada del corregidor de Marbella D. Fernando Zeniso y Hoyos Marbella, 27 de octubre de 1783.
    [16] A.H.N. Consejos Leg. 18.251 Informe del corregidor de Logroño D. José Antonio de Riera y Roger, Logroño, 27 de julio de 1798.
    [17] La fidelidad de su padre y abuelo a Felipe V durante la contienda sucesoria le permitieron iniciarse en la carrera de varas como corregidor de Hellín en 1776. Tras su paso por Salamanca fue corregidor de Ronda y Córdoba, en A.H.N. Consejos leg. 17.985 y A.G.S. Gracia y Justicia leg. 164.
    [18] A.G.S. Gracia y Justicia Leg. 824 Relación jurada del corregidor de Salamanca D. Pascual Ruiz de Villafranca y Cárdenas Salamanca, 30 de octubre de 1783.
    [19] Sobre Delamare, vid. Roger-Henri GUERRAND: Las letrinas. Historia de la higiene urbana, Valencia 1991, p. 67. Sobre el proyecto de Ulloa, vid. María Gloria SANZ SANJOSÉ y José P. MERINO NAVARRO: "Saneamiento y limpieza en Madrid. Siglo XVIII", en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, XII (1976), pp. 121 y ss.
    [20] Beatriz BLASCO ESQUIVIAS: ¡Agua va! La higiene urbana en Madrid (1561-1761), Madrid 1998, pp. 143-188.
    [21] A.G.S. Gracia y Justicia Leg. 825 Informe del corregidor de Olmedo D. Gabriel Amando Olmedo, 18 de cotubre de 1783.
    [22] A.G.S. Gracia y Justicia Leg. 824 Relación jurada del corregidor de Palencia...
    [23] Afincado en Sevilla desde 1755 como abogado, ingresó en la carrera de varas en 1761 como alcalde mayor de Mataró. Posteriormente lo fue de Gerona, Trujillo, siendo designado corregidor de Linares en 1770 y de Avila en 1774. Ocupó el corregimiento de Alcira entre 1779 y 1783, en que pasó a Barbastro, donde falleció en 1786.
    [24] A.G.S. Gracia y Justicia Leg. 825 Relación jurada del corregidor de Alcira Alcira, 2 de diciembre de 1783.
    [25] A.G.S. Gracia y Justicia Leg. 825 Corregidor de Olmedo...
    [26] A.G.S. Gracia y Justicia Leg.  825 Relación jurada del alcalde mayor de Torrejimeno.
    [27] A.H.N. Consejos Leg. 18.251 Informe del corregidor de Logroño...
    [28] Antonio LOPEZ GOMEZ: "Madrid en la época de Carlos III. Reformas urbanas y construcciones nuevas", en Boletín de la Real Academia de la Historia, CLXXXV (1988), pp. 448-485.
    [29] Sobre una "jerarquía peninsular de lugares centrales", vid. David R. RINGROSE: "Historia urbana y urbanización en la España Moderna", en Hispania 199 (1998), pp. 489-512.
    [30] A.H.N. Consejos Libro 1.974, ff. 25-27v.
    [31] Carmen FERNANDEZ HIDALGO y Mariano GARCÍA RUIPÉREZ: "Las luces en el 'Siglo de las Luces'. El alumbrado público en España a finales del Antiguo Régimen", en Hispania 166 (1987), pp. 583-627.
    [32] A.H.N. Consejos leg. 18.238 Informe del corregidor de San Felipe..., 31 de marzo de 1800, y A.G.S. Gracia y Justicia leg. 824 Informe del corregidor de las Merindades de Castilla D. Santiago de Sino Anda, Villarcayo 17 de noviembre de 1783.
    [33] El corregidor de Cillero describe la cárcel de la localidad como "un mal cuarto con ventana abierta y sin reja", del que "raro es el preso que deja de fugarse", en A.G.S. Gracia y Justicia leg. 825 Informe de D. Antonio de Yanguas y Segovia, Alcalde Mayor de Cilleros, 27 de febrero de 1784.
    [34] Victoriano VILLABA: Discurso sobre los abusos de encarcelar con poco motivo y leves indicios, y sobre el horror y la hediondez de las prisiones, en A.H.N. Consejos leg. 17.997.
    [35] Juan Eloy de YORBA: Disertación sobre cárceles y cuidado que deben tener los corregidores de que las hay cual convenga con las prisiones necesarias, en A.H.N. Consejos leg. 17.997.
    [36] Novísima Recopilación, Ley I, Título III: "Restablecimiento de la Disciplina de la Iglesia en el uso y construcción de cementerios, según el Ritual Romano".
    [37] Juan CALATRAVA: Arquitectura y cultura en el siglo de las Luces, Granada 1999, pp. 135-156. Vid. también Enrique GIMÉNEZ: "La exhalación de la muerte. La aportación del matemático Benito Bails a la polémica sobre los cementerios en el siglo XVIII", en Revista de Historia Moderna 17 (1998-1999), pp. 113-146, y José L. GALÁN CABILLA: "Madrid y los cementerios en el siglo XVIII", en EQUIPO MADRID: Carlos III, Madrid y la Ilustración, Madrid 1988, pp. 255-295.
    [38] A.H.N. Consejos Libro 1.978, ff. 34v-39.
    [39] A.H.N. Consejos lib. 1.977, ff. 182-190.
    [40] A.H.N. Consejos Libro 1.973, ff. 80v-83v.
    [41] A.H.N. Consejos leg. 1031 Reglas ordenadas por el Consejo para que se verifique la construcción de cementerios Madrid, 28 de junio de 1804.
    [42] A.H.N. Consejos lib. 1.976, ff. 179v-185.
    [43] José MALLOL FERRANDIZ: Alicante y el comercio de la nieve, Alicante 1990, y Jorge CRUZ OROZCO-Josep Mª SEGURA: El comercio de la nieve: la red de pozos de nieve en las tierras valencianas, Valencia 1996.
    [44] A.G.S. Gracia y Justicia leg. 825 Informe del Alcalde Mayor de Tomelloso D. Antonio Reyllo Velarde, 10 de febrero de 1784, y Ibidem, leg. 825 Informe del Alcalde Mayor de Alicante D. Luis Gorrón de Contreras, 7 de agosto de 1787.
    [45] Nacido en Gerona hacia 1739, Berga y Felip se había doctorado en Leyes en Cervera, ingresando en 1768 como Alcalde Mayor de Besalú. Tras su paso por Tárrega fue a la Alcaldía Mayor de su ciudad natal, donde su gestión no fue fácil, y fue acusado por el barón de la Linde de conducta irregular e interesada, "porque tiene abundante familia y quiere seguir el tono de las modas que reinan en el día", en A.G.S. Gracia y Justicia leg. 822 Barón de la Linde a Floriblanca Barcelona 20 de marzo de 1987. En 1798 se encontraba desempeñando al alcaldía mayor de Lérida, adonde había llegado en 1792, en Gaceta de Madrid, p. 278.
    [46] A.G.S. Gracia y Justicia leg. 824 Informe del Alcalde Mayor de Tárrega Mariano Berga y Felip, 2 de junio de 1784, e Informe del corregidor de Ciudad Real, 30 de noviembre de 1803.
    [47] Antonio PONZ: Viage de España, vol VI, Madrid 1988, p. 203.
    [48] Ramón GARCÍA: Disertación político-legal sobre la limpieza de los pueblos y comodidad que se debe procurar a sus habitantes, en A.H.N. Consejos leg. 17.997.

LA POBLACION


El interés poblacionista y las fuentes
            El número de hombres fue considerado por los políticos españoles del siglo XVIII como pieza básica de toda política de progreso y, por tanto, potencial primario del proceso histórico. El conde de Floridablanca, impulsor en 1787 del censo de población considerado más fiable de los que se llevaron a cabo durante la segunda mitad de la centuria, afirmaba que el objetivo de ese gran esfuerzo estadístico era "calcular la fuerza interior del Estado". Y el deseo de conocer el número de habitantes y poner ese dato en relación con la realidad económica, fue tema central de numerosos escritos económicos y políticos del siglo.
            En la primera mitad de siglo estaba extendida la idea de que el país se hallaba escasamente poblado. Juan Amor de Soria, en su "Enfermedad crónica y peligrosa de los reinos de España y de Indias", redactado en 1741, consideraba que la falta de gentes era la peor de todas ellas[1], y José del Campillo, ministro de Felipe V entre 1741 y 1743, veía como causas de la despoblación de España el elevado número de eclesiásticos y la emigración a América[2]. Estaba muy difundida la creencia de que el número de españoles era muy inferior en la época a los habitantes con que contaba el país en los siglos XV o XVI. José Cadalso, al escribir en 1775 sus "Cartas Marruecas", cifraba esa pérdida en la mitad: "¿Hablas de población? Tienes diez millones escasos de almas, mitad del número de vasallos españoles que contaba Fernando el Católico. Esta disminución es evidente"[3].
            Incrementar el número de habitantes, conocer la dimensión de ese crecimiento, para poder valorar el acierto o no de la política seguida, y vincular el mayor número de hombres a la capacidad productiva, son directrices básicas de la política ilustrada. Jaume Caresmar[4], en su "Discurso sobre Agricultura, Comercio e Industria" de 1780, al afirmar que "el número de hombres crece a expensas y a proporción de la felicidad pública", establecía una relación directa entre crecimiento demográfico y desarrollo económico que Campomanes, en el "Discurso sobre el fomento de la industria popular" de 1773, había matizado al distinguir entre número de activos e inactivos: "Debe medirse el valor de la población, más que por el número de habitantes, con atención a la industria de cada uno y a los que viven aplicados u ociosos"[5].
            Este interés por el conocimiento del número de hombres y, posteriormente, de la estructura demográfica de la población, general a todos los gobiernos del siglo XVIII, posibilitó la realización de recuentos de población, cuya calidad estadística fue siendo progresivamente mayor conforme la máquina burocrática borbónica era más eficaz y era menor la hostilidad o desconfianza hacia el fisco.
            El primer recuento general efectuado en el siglo se llevó a cabo entre 1712 y 1717 con objeto de repartir las cargas fiscales producidas por la Guerra de Sucesión. Es conocido como  Vecindario de Campoflorido, por haber sido dirigido en sus inicios por el marqués de Campoflorido, responsable de la administración de la Hacienda[6]. Su carácter fiscal, la coyuntura postbélica, el todavía poco eficaz aparato administrativo, y el quedar el recuento restringido a vecinos pecheros, hacen que sus resultados sean poco dignos de confianza. A los pocos años de su realización, Jerónimo de Uztariz consideró que el nivel de ocultación estaba en torno al 25 %, y que tras la adición de ese porcentaje debía aplicarse el coeficiente 5 para la conversión de la cifra de vecinos en habitantes. Tras estas correcciones, el mercantilista Uztariz calculaba la población española en torno a los 7'5 millones. Estudios recientes de Francisco Bustelo y del demógrafo italiano Livi-Bacci han estimado un porcentaje de ocultación algo superior al calculado por Uztariz, situando el total de la población española en 8 millones, pues caso de admitir las cifras del Vecindario la tasa de crecimiento entre 1717 y 1768, fecha del llamado Censo de Aranda, hubiera superado un inverosímil 1 % anual y una esperanza media de vida al nacer de 40 años, cota no alcanzada en España hasta las primeras décadas del siglo XX.
            De superior calidad estadística fueron los dos recuentos de población -- un Vecindario y un Censo -- que acompañaron la compleja realización del Catastro de Ensenada en 1752. En el  Interrogatorio de 40 preguntas utilizado por los encuestadores, la 21 solicitaba el número de vecinos de cada localidad, dando como resultado la cifra de 1.929.530 vecinos para los territorios de la Corona de Castilla. Pero también se confeccionó un Censo que computaba individuos y atendía a la edad, el sexo y estado civil. El resultado que ofrece el Censo es de 6.570.499 habitantes, que extrapolados para las regiones y reinos excluidas del Catastro (Aragón, Valencia, Cataluña, Baleares, Canarias y el País Vasco) atendiendo al mismo porcentaje que corresponde a Castilla en el censo de Floridablanca (un 70 %), la población a mediados de siglo estaría situada en los 9'4 millones.
            En 1768, siguiendo instrucciones del conde de Aranda, presidente del Consejo de Castilla, se efectuó el primer censo de ámbito nacional y en el que diferenciaba a los habitantes por grupos de edad, sexo y estado civil, excepción hecha de los viudos. La falta de confianza en la eficacia de la burocracia civil llevó a encargar su realización a la estructura administrativa de la Iglesia, por lo que sus datos se presentan por diócesis, dificultando las comparaciones con los censos posteriores, cuyas cifras vienen dadas por municipios y corregimientos. Sus resultados globales, estimados en 9'3 millones, pecan por defecto, como lo prueba que su total reitere la población calculada para 16 años antes, y por tal motivo es frecuente que los demógrafos prefieran comparar los datos demográficos que ofrece el Catastro con los del Censo de Floridablanca.
            El Censo efectuado entre 1786 y 1787 por orden del conde de Floridablanca, ha sido tradicionalmente considerado el más fiable de todos los de la centuria[7], utilizándose su información no sólo a efectos estrictamente demográficos, es decir la distribución de la población por sexo, edad y estado civil, sino también como fuente para la evaluación de datos económicos o sociales, ya que ofrece cifras de eclesiásticos, número de hospitales, hospicios y casas de reclusión, y una poco desagregada distribución de la población activa. Sus cifras totales ofrecían poco más de 10'4 millones. 
            El llamado Censo de Godoy, realizado en 1797, ha merecido una suspicacia generalizada que sólo en los últimos años se tiende a paliar[8]. Las dudas, e incluso el rechazo que inspiraba, se basaban en diversas razones, siendo las dos más reiteradas su cifra global de 10.541.221 habitantes, lo que suponía  un irrelevante crecimiento de 131.342 habitantes en el período intercensal 1787-1797, y la disminución de unos 200.000 habitantes para Galicia en ese mismo período. Sin embargo, el ritmo de la evolución demográfica española durante el XVIII hace verosímil un crecimiento muy modesto para las dos décadas finales de siglo, y es probable que las crisis demográficas y de subsistencia que conoció a Galicia en ese período produjeran una notable pérdida de efectivos. Pero al margen de especulaciones, el Censo de Godoy supone la más acabada contribución del siglo XVIII español a la estadística demográfica. Vicente Pérez Moreda ha puesto en evidencia la superior calidad de la información que suministra el Censo de 1797 sobre cualquier otro recuento hasta la segunda mitad del siglo XIX: la división por edades se hace por intervalos de 10 años hasta la edad de 100, y la población activa es desglosada en 54 oficios para las actividades manufactureras, y en cinco apartados (labradores, arrendatarios, ganaderos, pastores y jornaleros) para el sector agrario, mientras que es suficientemente amplia la relación de actividades profesionales ubicadas en el sector "servicios".
            Junto a vecindarios y censos, los registros parroquiales constituyen una fuente demográfica esencial, aunque limitada al nivel local. Las anotaciones de bautismos, confirmaciones, desposorios y defunciones se enriquecieron y sistematizaron a lo largo del siglo, aunque siguió estando generalizada la falta de inscripción de párvulos fallecidos, y es habitual encontrar una nula diferenciación entre las distintas edades de las personas a las que se da sepultura.

Los ritmos del crecimiento setecentista y las peculiaridades regionales
            Aunque es unánime la opinión de que el siglo XVIII español conoce un despegue demográfico y que éste no se produjo con la misma intensidad en todas las regiones, existen diferencias a la hora de apreciar y valorar su auténtica dimensión.
            El siglo XVII, excepción hecha de Galicia y Asturias, fue en sus tres primeras cuartas partes de estancamiento demográfico. Pero durante la década de los setenta en algunos lugares, y con posterioridad en otros, la población comenzó a recuperar sus efectivos. En la periferia mediterránea, con tierra abundante y unos bajos índices de densidad, el alza poblacional tuvo un fuerte impulso, registrándose importantes saltos positivos en aquellas parroquias donde ha sido posible comparar las series de bautismos y defunciones. De forma más modesta, el interior castellano, Extremadura y Andalucía también inician su recuperación, aunque no será hasta los años treinta del siglo XVIII cuando logren alcanzar el nivel demográfico que poseían a fines del siglo XVI.
            Tras el paréntesis pasajero de la Guerra de Sucesión, la tendencia alcista iniciada a fines del XVII prosiguió con fuerza durante la primera mitad del siglo XVIII al ritmo de un 0'43 % anual, pero ese dinamismo fue perdiendo impulso conforme se avanzaba en la segunda mitad de la centuria. La tasa de crecimiento anual era del 0'32 % entre 1752, fecha del Catastro, y 1768, Censo de Aranda, mientras que tan sólo alcanzaba un 0'28 % entre 1752 y 1786-1787, momento en que se ejecutó el Censo de Floridablanca. Los entre 7'5 y 8 millones que el país tenía aproximadamente hacia 1717, eran en 1797 algo menos de 11 millones, un crecimiento modesto, más intenso en la primera mitad del siglo, poseedor todavía de las características propias del ciclo demográfico "antiguo", y próximo al que conocieron para el mismo período Italia o Francia.
            Pero este crecimiento no fue uniforme, sino enmarcado en importantes contrastes regionales, que oscilan entre el tímido aumento de las zonas sujetas a una baja presión demográfica, como Galicia y la cornisa cantábrica, y las más dinámicas del litoral mediterráneo, exponentes típicas de una situación de alta presión demográfica al darse en ellas una relación muy favorable entre recursos y población.
            En Galicia y Asturias, el crecimiento demográfico vivido en el XVII por la introducción del maíz dio lugar a que se llegara al siglo XVIII con una de las densidades más elevadas del país, muy acusada en el litoral, saturado de población. La dificultad de un crecimiento de los recursos bloqueó el crecimiento demográfico, teniendo que acudirse al recurso de la emigración hacia Madrid, Andalucía o América, al matrimonio tardío o al celibato definitivo para paliar la presión ejercida por una población que había crecido por encima de los recursos. Aunque no de forma tan acusada ni desde fecha tan temprana, la población vascongada responde al mismo esquema: una superpoblación relativa que fue soportable gracias a que actuaron con intensidad dos controles preventivos, como eran la más alta edad media de acceso de la mujer al matrimonio de toda España (por encima de los 26 años), y la emigración, y cuya importancia era destacada en 1801 por el viajero Alexander von Humboldt con estas expresivas palabras:"Guipúzcoa tiene una población tan crecida que todos los años hay emigraciones hacia el resto de España y hacia América. Podría quizá privarse de 40.000 de sus habitantes sin que se hiciera muy visible por esto el hueco".
            Esta realidad de la España septentrional, contrasta con el crecimiento del litoral mediterráneo. El reino de Murcia verá triplicar su población, con un espectacular ritmo de crecimiento medio anual del 2'69 por mil en Cartagena entre 1740 y 1760, el más elevado de todo el siglo XVIII español, como consecuencia de la instalación en la bahía cartagenera del Arsenal en la década de 1730; en Valencia su población crece un 103 %  entre 1710 y 1790 gracias a una favorable relación entre la población y los recursos[9], y sólo se debilita el crecimiento cuando esta relación se deteriora en las últimas décadas de la centuria, lo que también sucede en Cataluña donde una coyuntura demográfica claramente alcista se ve comprometida a fines de siglo. Pierre Vilar ha señalado el paralelismo existente entre crecimiento económico del Principado y su evolución demográfica: una primera mitad de siglo en la que el incremento demográfico se vio favorecido por los bajos precios de cereal; un ritmo menor en los años intermedios cuando los rendimientos decrecientes de la agricultura y el descenso de los salarios agrícolas son la evidencia de una situación de superpoblación relativa, momento que se supera hacia 1770 cuando se consolidan nuevas alternativas comerciales; y una crisis demográfica en el periodo finisecular, que Jordi Nadal[10] ha datado con precisión: a) 1792-1795, relacionada con la Guerra con la Francia revolucionaria; b) 1801-1804, conectada con el alza de precios del cereal; y c) 1808-1812, como consecuencia de la Guerra de la Independencia. Aragón no alcanza las tasas murcianas, valencianas ni catalanas, si bien tiene un crecimiento superior a la media nacional, y si en los inicios del siglo XVIII 4'2 españoles eran aragoneses, su participación en el total nacional a fines de la centuria es de 5'72 %.
            El resto del país está en una situación intermedia entre la descrita para la España septentrional y la mediterránea. Andalucía conoció un tímido crecimiento, mayor en su parte oriental y más acelerado en la primera mitad de la centuria. En Castilla la Vieja y León el crecimiento se inicia transcurrido el primer cuarto de siglo, y sus más importantes centros urbanos (Valladolid, Toro, Segovia) siguen a fines del período por debajo de los niveles alcanzados en los momentos más brillantes del siglo XVI. Castilla la Nueva, pese a iniciar su recuperación hacia 1680, sólo logra un crecimiento moderado cuyos mejores momentos corresponden a la primera mitad de siglo. Extremadura, pese a su baja densidad de 9'3 h/km2 en 1752, mantiene un crecimiento muy moderado, con tendencia al estancamiento en las últimas décadas. Como puede apreciarse, una evolución positiva pero modesta y, desde luego, alejada de cualquier calificativo "revolucionario", y cuyos parámetros de natalidad, nupcialidad y mortalidad responden a comportamientos propios de las sociedades tradicionales.
Los parámetros demográficos
            En un régimen demográfico antiguo, las instituciones, las costumbres y la propia organización familiar favorecían una alta natalidad que pudiera mitigar los efectos de una elevada mortalidad. Pero la natalidad se hallaba condicionada fuertemente por la intensidad matrimonial, es decir, la edad en que la mujer accedía al matrimonio, y el grado de celibato definitivo existente. En las zonas de baja presión demográfica (Galicia, la fachada atlántica septentrional, Canarias) la edad de acceso al matrimonio estaba situada por encima de los 23 años de media para España, mientras que se situaba por debajo en las regiones de alta presión del litoral mediterráneo, dándose la misma situación respecto al celibato definitivo, con porcentajes del 15 % de mujeres célibes mayores de 50 años en Galicia y Pais Vasco, y del 12 % en Asturias, cuando en el conjunto español la media se encontraba en un 11 %.
            La mortalidad era el parámetro más determinante dentro del ciclo demográfico antiguo. Los estudios de Pérez Moreda[11] han demostrado que la imagen saludable con que es presentado el siglo XVIII debe ser revisada, pues no se aprecia, en términos generales, un descenso de la mortalidad respecto a periodos anteriores. Es cierto que se mitigan las mortalidades catastróficas causadas por epidemias de breve duración y un alto índice de letalidad, y que la peste deja de afectar a España. Pero siguen dándose coyunturas de sobremortalidad, en relación con crisis de subsistencia, o como efecto del embate de enfermedades endémicas o de otros brotes epidémicos.
            Varias crisis agrarias incidieron en un incremento de la mortalidad: la de 1704-1711, afectada por la Guerra de Sucesión y por las malas cosechas, siendo 1709 un año en el que, en opinión de Domínguez Ortiz, se padeció "un hambre terrible en casi toda España"[12]; entre 1762 y 1765, la mortalidad se elevó como consecuencia de la violenta crisis agraria de este período que desembocaría en los motines de 1766; y las dificultades de fines de los ochenta y las crisis alimentarías de los noventa también afectaron a la mortalidad.
            Pero no fueron las crisis de subsistencia las que en mayor grado contribuyeron a mantener elevada la mortalidad. Enfermedades endémicas, como el paludismo, la viruela o el tifus, o enfermedades epidémicas nuevas, como la fiebre amarilla, tuvieron una mayor incidencia. El paludismo  -- las llamadas "tercianas" -- mantuvo su elevada morbilidad en toda España, y muy especialmente en las llanuras litorales valencianas[13]. Sólo el uso de la corteza de quina suponía un remedio eficaz, pero era un específico tan escaso que Cabarrús propugnó que el gobierno comprara en América toda la quina posible y la distribuyera gratuitamente "a todos los pueblos del reino". La viruela se propagó de tal modo en el siglo XVIII, que eran escasos quienes no la hubieran padecido en alguno momento de su vida. La polémica sobre la bondad o no de la inoculación como método profiláctico fue tan intensa en España como en el resto de Europa, pero la discusión impidió que el gobierno se decidiera por una política inoculadora hasta fines de siglo. El descubrimiento de la vacuna por Jenner en 1796 tendría, por el contrario, una fulgurante recepción en España, y ya en 1803 la monarquía organizó una expedición, dirigida por el Dr. Balmis, para propagar la vacuna a sus posesiones de ultramar[14]. El tifus, debido a la falta de higiene en el agua potable y de un tratamiento adecuado de las aguas residuales, era una enfermedad extendida y muy activa, como también lo eran el sarampión, la tos ferina, la difteria, la disentería o la tuberculosis. El desarrollo de prácticas preventivas fue muy reducido, ya que la medicina avanzó muy lentamente y la asistencia hospitalaria era contraproducente, al desconocerse los mecanismos de contagio y carecer por completo de medidas antisépticas.
            Los avances logrados en el XVIII para mitigar la mortalidad fueron, por tanto, escasos. A fines de la centuria, todavía la mortalidad infantil afectaba a un 25 % de los nacidos en el primer año de vida, ocasionada por la falta de higiene, alimentación deficiente o enfermedades, y este porcentaje aumentaba hasta el 35 % antes de los siete años, alcanzando porcentajes superiores al 80 % en las inclusas donde se depositaban los niños expósitos, como ha señalado Teófanes Egido[15].
            La esperanza de vida de sólo 27 años, frente a los 25 años del siglo XVII, señala la modestia de las transformaciones operadas en los mecanismos demográficos en el setecientos español, y la pervivencia del ciclo demográfico antiguo, en el que la mortalidad tiene un papel determinante.



[1] Sobre Juan Amor de Soría, ver Rosa Mª ALABRUS: “El pensamiento político, social y económico de Juan Amor de Soria”, en Historia Social 59 (2007), pp. 3-20, en la Biblioteca de la Facultad de Derecho.
[2] José del CAMPILLO: Dos escritos políticos: lo que hay de más y menos en España, Oviedo 1999, en BIBLIOTECA GENERAL, Signatura: FL 32/CAM/DOS
[3] Ver la Carta IV, en José CADALSO: Cartas marruecas, Madrid 1997, en BIBLIOTECA GENERAL, Signatura FL LI134.2/CAD/JOS. Se puede leer también en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
[4] Sobre Jaume Caresmar, ver Manuela URBINA, Marina GARI y Raimon MASDEU: “Jaume Caresmar. L’home i la seva obra”, en Manuscrits 10 (1992), pp. 331-374 (en la Hemeroteca del Departamento de Historia Moderna)
[5] Pedro RODRIGUEZ DE CAMPOMANES: Discurso sobre el fomento de la industria popular, 1991, en BIBLIOTECA GENERAL Signatura FL 008S.18/ROD/DIS. También en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
[6] José E. PENA: “El Vecindario de Campoflorido”, en Cuadernos de Geografía 39-40 (1986), pp. 313-330. Está disponible en la Biblioteca del Instituto de Geografía y se puede bajar el texto íntegro por Internet.
[7] Los mejores trabajos sobre el Censo de Floridablanca son las ponencias reunidas en la publicación del Instituto nacional de Estadística con el título La población española en 1787. II Centenario del Censo de Floridablanca, Madrid 1992, Hay ejemplar en BG signatura 946.2B/CON/POB
[8] Vicente PEREZ MOREDA: “En defensa del Censo de Godoy: observaciones previas al estudio de la población activa española de finales del siglo XVIII”, en Historia económica y pensamiento social, Madrid 1983, pp. 283-299, en BG  signatura FL 338/HIS/HIS
[9] A. POITRINEAU: “La inmigración francesa en el Reino de Valencia (siglos XVI-XIX)”, en Moneda y Crédito 137 (1976), pp. 103-133 (en Biblioteca General)

[10] Jordi NADAL: La población española, Barcelona 1984, Hay ejemplar en BG, signatura 314/NAD/POB.
[11] Vicente PEREZ MOREDA: Las crisis de mortalidad en la España interior, Madrid 1980. Hay ejemplar en BG signatura 314/PER/CRI
[12] Según Domínguez Ortiz, “terrible fue el año 1709 en Andalucía occidental, donde muchos infelices se vieron reducidos a comer raíces y frutos silvestres”, en Antonio DOMINGUEZ ORTIZ: Sociedad y Estado en el siglo XVIII español, Barcelona 1976, p. 29. Hay ejemplar en la BG signatura 946.2B/DOM/SOC.
[13] Armando ALBEROLA y David BERNABE: “Tercianas y calenturas en tierras meridionales valencianas”, en Revista de Historia Moderna 17 (1998-1999), `pp. 95-112. Se puede leer por Internet.
[14] Emilio BALAGUER y Rosa BALLESTER: En el nombre de los niños. Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, 1803-1806. Edición electrónica (que se puede bajar) de la Asociación Española de Pediatría, 2003.
[15] Teófanes EGIDO: “Aportación al estudio de la demografía española: los niños expósitos de Valladolid”, en Actas de las I Jornadas de Metodología Aplicada a las Ciencias Históricas, Santiago 1975, vol. III, en la BG signatura 930.2/JOR/HIS.